Cual es…

En los últimos años el básquet formativo cambió. Lo hizo en Córdoba y también en gran parte del país. El Mini dejó de ser únicamente un espacio de juego y aprendizaje para incorporar cada vez más elementos propios de la competencia: tablas de posiciones, campeones, finales y la obligación de ganar. No se trata de estar a favor o en contra de competir. La competencia forma parte del deporte y también de la vida. La verdadera discusión es cuándo, cómo y con qué objetivos debe presentarse en la formación de niños y niñas.

¿Hace falta ganar tan temprano?

Decir que los y las U13 de Córdoba pueden estar confundidos respecto de cómo deben jugar no es una exageración. Quienes participan en la Asociación Cordobesa (ACBB), en la Liga Cordobesa (FBPC) o en las Ligas Federales y Campeonatos Argentinos de Federaciones (CAB) —estos últimos/as en menor cantidad— se encuentran con reglamentos y formas de competencia diferentes. Cada ámbito propone una manera distinta de competir.

Más adelante entraremos en detalle sobre esas diferencias, pero alcanza con decir que si no existe un norte común sobre cómo debe desarrollarse el básquet en estas edades, cualquier aspecto negativo que pueda generar la exigencia de ganar se potencia.

Porque a los 9, 10, 11, 12 o 13 años se atraviesa una etapa de enorme sensibilidad emocional. El triunfo puede exagerarse y la derrota transformarse en un drama. Muchas veces no por el niño o la niña, sino por los adultos que lo rodean. Entrenadores que viven cada partido como una final, padres que trasladan frustraciones personales o depositan expectativas desmedidas en sus hijos, dirigentes que miden el trabajo por los resultados.

El niño, en realidad, muchas veces solo quiere jugar.

La psicología del deporte sostiene desde hace años que, en las etapas formativas, el disfrute, el aprendizaje y la sensación de progreso son mucho más importantes para sostener la práctica deportiva que el resultado de un partido. Cuando el foco pasa a ser exclusivamente ganar, algunos chicos encuentran un desafío motivador; otros, en cambio, sienten presión, miedo a equivocarse o dejan de disfrutar. Y quienes no logran convivir con esa presión terminan abandonando la actividad.

Ese abandono suele profundizarse justamente en la transición entre el Mini y las categorías formativas. Antes existía una diferencia bastante clara entre la etapa lúdica y la etapa competitiva. Hoy esa frontera prácticamente desapareció: el Mini también compite.

Y ahí aparece otro problema.

Ni la Federación de Básquetbol de Córdoba ni la Asociación Cordobesa parecen haber encontrado un criterio firme, estable y duradero sobre cómo conducir el Mini. Más allá de las buenas intenciones de quienes trabajan en el área, muchas veces la gestión se concentra en organizar encuentros y eventos para mostrar que el Mini está activo, cuando quizá el verdadero desafío sea otro: establecer un proyecto de formación integral que piense primero en la persona y después en el jugador.

Porque trabajar con chicos no es solamente saber de básquet.

Hay que saber de infancia, de crecimiento, de educación, de emociones, de distintas formas de aprender y de enseñar.

Entonces vale la pregunta.

¿Hace falta ganar cuando se tienen 9, 10, 11, 12 o 13 años?

Competir es natural. Es casi innato. Desde el nacimiento existe un impulso por superarse, descubrir, intentar, lograr. No hace falta enseñarle a un chico el deseo de competir. Lo que sí hace falta es enseñarle a convivir con esa competencia sin perder el placer de jugar.

Tal vez resulte más productivo que, durante esas edades, el eje sea jugar, divertirse, aprender y desarrollar habilidades. Que las obligaciones y la búsqueda del resultado aparezcan de manera progresiva, acompañando el crecimiento. Que exista una verdadera mezcla entre lo lúdico y lo competitivo para llegar mejor preparado a las categorías U15, donde la competencia naturalmente adquiere otro protagonismo.

Porque tampoco en U15 debería justificarse todo por ganar.

Hay entrenadores que buscan prestigiar su currículum con un título y padres que sueñan con tener un hijo ganador. Son aspiraciones entendibles, pero cuando esas expectativas terminan condicionando el proceso educativo, el objetivo deja de ser formar jugadores para transformarse simplemente en ganar partidos.

También vale detenerse en otro aspecto.

¿Qué experiencia tienen quienes conducen a los Premini y Mini?

Es cierto que todos alguna vez deben comenzar y que nadie nace sabiendo. Pero una cosa es empezar acompañado por alguien con experiencia y otra muy distinta es aprender sobre la marcha conduciendo la etapa más delicada de la formación deportiva.

Muchas veces el entrenador de Mini llega porque representa un costo menor para el club. Y también es cierto que varios utilizan esa categoría como un trampolín para ascender rápidamente a divisiones superiores, donde el reconocimiento y el salario suelen ser mejores. No hay nada reprochable en querer crecer profesionalmente. Lo preocupante es que, mientras tanto, la etapa más importante del proceso formativo quede en manos de personas que todavía están aprendiendo el oficio.

Y si en ese camino se pierden chicos, el club pierde mucho más que futuros jugadores.

Pierde cuota-socios.

Porque el Mini constituye una de las fuentes más genuinas de ingresos que tiene una institución. Las cuotas sociales de esas familias sostienen gran parte del funcionamiento cotidiano de muchos clubes. Con el Mini se financian numerosas actividades de las categorías superiores.

También deberían revisarse otros aspectos que parecen menores, pero no lo son.

Los horarios de entrenamiento, por ejemplo. Deben contemplar las obligaciones escolares y el descanso de los chicos. Los espacios de trabajo también hablan de prioridades. Si las categorías formativas representan el futuro del club, deberían entrenar en los mejores espacios y no ser enviadas sistemáticamente a la cancha auxiliar o al patio de afuera.

Otro tema es el espectáculo.

Muchos defienden el cobro de entradas porque representa un ingreso económico. Es cierto. Pero el Mini nunca llega solo. Lo acompañan padres, hermanos, abuelos, familiares. También allí habría que pensar horarios más cómodos y una organización cuyo eje sea el juego, no la competencia.

Y existe otra contradicción difícil de explicar.

El Mini femenino prácticamente dejó de existir. Hoy se juega Mini mixto. Sin embargo, basta observar los planteles que llegan a las instancias decisivas para descubrir una realidad evidente: en muchos casos no aparece un solo nombre femenino entre quienes disputan esos partidos. El Mini es mixto en el reglamento, pero muchas veces deja de serlo en la práctica.

Es una contradicción que merece una reflexión profunda.

Cuando a nivel nacional se decidió incorporar la competencia en estas edades, el argumento fue que España también compite desde chicos y que ese modelo explica parte de sus éxitos internacionales.

La pregunta inevitable fue si también habían analizado los efectos contraproducentes que puede producir competir tan temprano.

La respuesta fue simple: “Hay que enseñar a competir”.

Probablemente sea cierto.

Pero enseñar a competir no debería significar enseñar que lo único importante es ganar.

Porque entonces aparecen escenas que todos vimos alguna vez.

Padres empujándose y peleando al finalizar una final de U13 masculino por un título de campeón. Una madre golpeada y ensangrentada. Una tribuna completa desalojada en un partido femenino U15 por el comportamiento de más de cien espectadores. Entrenadores que gritan desaforadamente durante todo el encuentro, olvidando que antes de entrenadores son educadores.

Claro que no son todos.

Pero tampoco son pocos.

En caso que las instituciones crean tener claro el panorama, es más que seguro que no comunican panorama alguno

Continuará…

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