Pasó la Crossover. Se terminó el espectáculo, quedaron las imágenes, los nombres, las redes sociales, los videos y esa sensación de haber asistido a algo diferente. Y está bien. Sería absurdo negar que estos acontecimientos entretienen, convocan y generan movimiento.

Ver nuevamente a historicos nombres importantes del básquetbol, mezclados con figusras relevantes del presente en una propuesta distinta, tiene un indudable atractivo. La gente no se si respondió en cuanto a ticket. Hubo entusiasmo. Se vio algo que no forma parte de la rutina habitual de nuestro básquet.
Hasta ahí, todo bien.
Pero una vez que se apaga la música, se guardan las cámaras y el parquet vuelve a quedar disponible para el próximo partido, aparece una pregunta que, al menos para mí, es bastante más importante que saber quién ganó o quién tiró más triples de cuatro puntos:
¿Qué le dejó la Crossover al básquetbol de Córdoba?
Y aquí conviene hacer una aclaración antes de avanzar. Esta nota no pretende cuestionar a quienes imaginaron, organizaron y llevaron adelante el evento. Si encontraron una forma de hacer un negocio, convocar gente y generar un espectáculo, en buena ley, el mérito es de ellos. Tampoco se trata de discutir la propuesta deportiva de un acontecimiento que, por definición, buscó ser diferente a un partido convencional.
El problema aparece cuando confundimos entretenimiento con construcción de básquetbol.
Porque una cosa es hacer un espectáculo atractivo y otra muy distinta es que ese espectáculo deje algo incorporado al básquet de la ciudad y de la provincia.
La Crossover tuvo algo que el básquet necesita: capacidad para salir de la rutina. Pateó el tablero. Mostró que existen otras maneras de convocar, de presentar jugadores, de utilizar nombres reconocidos y de generar expectativa.
Pero también dejó en evidencia, quizás sin proponérselo, una enorme carencia del básquet institucional cordobés: la poca capacidad para generar algo parecido desde sus propias estructuras.
Y ahí está el verdadero punto de esta nota.
Porque el evento fue esencialmente porteño, aunque se haya realizado en Córdoba. Se jugó en un estadio municipal de nuestra ciudad, con todo lo que eso implica, y habrá que ver también qué quedó para las instituciones locales por la utilización del escenario y los acuerdos correspondientes.
Pero la pregunta vuelve a ser la misma: ¿cuánto de todo eso quedó en el básquetbol cordobés?
No hablo de dinero. Hablo de identidad, de participación, de promoción, de formación, de nuevos jugadores, de nuevos espectadores, de nuevos chicos que hayan visto aquello y hayan pensado: “Yo quiero jugar al básquet”.
Porque allí aparece la diferencia fundamental.
Un espectáculo puede ser multitudinario y, sin embargo, no generar un solo nuevo jugador.
Puede tener miles de visualizaciones y no conseguir que una familia acerque a su hijo a un club.
Puede reunir a figuras históricas, llenar un estadio y provocar miles de comentarios, pero seguir hablándole casi exclusivamente a quienes ya están adentro del básquet.
Entonces aparece una pregunta que deberíamos hacernos con mucha más frecuencia:
¿Estamos generando nueva materia prima para el básquet o simplemente entreteniendo a quienes ya consumen básquet?
No es una diferencia menor.
El básquetbol necesita nuevos jugadores, nuevos entrenadores, nuevos árbitros, nuevos dirigentes, nuevos periodistas y también nuevos espectadores. Necesita que alguien que hoy no pertenece al ambiente vea algo y quiera formar parte.
Si solamente conseguimos que los mismos de siempre se entusiasmen con algo diferente, habremos hecho un buen espectáculo. Pero no necesariamente habremos construido básquetbol.
Y hay otro fenómeno que estos acontecimientos dejan al descubierto.
El espectáculo también genera una especie de confusión alrededor de la comunicación. Basta tener un teléfono celular, estar presente y comenzar a hacer preguntas para que aparezca la sensación de que se está haciendo periodismo.
Y no siempre es así.
Algunas preguntas son tan obvias que no aportan nada. Otras terminan confundiendo porque están relacionadas con el personaje, con la ocurrencia del momento o con la espectacularidad del evento, pero poco tienen que ver con el básquet como deporte.
No es una crítica a quien tiene un teléfono. Es una discusión bastante más profunda: el acceso a una cámara no convierte automáticamente a nadie en periodista, del mismo modo que ponerse una camiseta no convierte a nadie en jugador.
Porque cuando todo se convierte en contenido, corremos el riesgo de terminar hablando mucho del espectáculo y cada vez menos del deporte.
Y eso también debería preocuparnos.
Córdoba tiene historia suficiente como para no necesitar que otros vengan a explicarnos qué hacer con nuestro básquet. Tenemos clubes, asociaciones, jugadores, entrenadores, dirigentes, árbitros y generaciones enteras que construyeron esta actividad mucho antes de que existieran las redes sociales.
También existen desde hace años campeonatos comerciales y privados que encontraron una forma de convocar. Algunos llevan más de dos décadas. Y allí aparecen muchas de esas mismas figuras que nacieron en nuestros clubes de barrio, que se formaron en nuestras canchas y que después, cuando alcanzaron notoriedad, volvieron a ser utilizadas como figuras de atracción por propuestas privadas, retornando si a sus clubes como corresponde.
Y está bien que así sea.
El problema no es que existan esas propuestas. El problema es preguntarnos por qué esas mismas figuras muchas veces no encuentran una identidad institucional en las estructuras que administran el básquet cordobés.
No hace falta poner nombres propios ni convertir esto en una lista de responsables. Sería demasiado sencillo y, además, no es la intención.
La discusión es otra.
Hay que hacer cosas nuevas.
Hay que animarse a patear el tablero.
Hay que encontrar formatos que los dirigentes de hoy quizás no ven, no encuentran, no conocen, no quieren o simplemente no pueden desarrollar.
Las Asociaciones y la Federación cumplen con una parte esencial de su función: organizan campeonatos, establecen calendarios, administran competencias, designan árbitros, cobran aranceles y sostienen una estructura que necesariamente necesita reglas.
Pero administrar no alcanza.
Regentear una actividad no puede significar solamente recaudar, cobrar, programar y hacer cumplir.
El básquet necesita también imaginación.
Necesita promoción.
Necesita capacidad de seducción.
Necesita pensar cómo hacer que un chico que nunca entró a un club quiera entrar. Cómo lograr que una familia que nunca miró un partido quiera ir. Cómo conseguir que un jugador que se fue siga sintiendo que pertenece al básquet de Córdoba.
Y, sobre todo, necesita que las instituciones sean capaces de generar acontecimientos que no sean simplemente una fecha más del calendario.
Porque a veces también parece que hemos transformado la organización en un fin en sí mismo.
Comisionados, árbitros, reglamentos, aranceles, planillas, programaciones. Todo tiene su lugar y nadie discute que debe existir.
Pero resulta difícil entender, por ejemplo, determinados niveles de estructura y control en categorías formativas muy pequeñas mientras seguimos sin encontrar respuestas para cuestiones mucho más profundas.
Si un niño juega U11 y alrededor de la cancha hay padres que se comportan mal, difícilmente tres árbitros o un comisionado técnico solucionen el problema de fondo.
Eso requiere educación, formación, comunicación y trabajo institucional.
Y ahí volvemos al comienzo.
Pasó la Crossover.
Dejó entretenimiento. Dejó imágenes. Dejó nombres. Dejó movimiento. Dejó gente hablando del evento.
Y eso tiene valor.
Pero también dejó una pregunta incómoda, que quizás sea la más importante de todas:
¿Por qué tuvo que venir de afuera una propuesta capaz de hacer algo diferente para que el básquet cordobés volviera a preguntarse cómo se puede generar un acontecimiento que movilice de esa manera?
No se trata de copiar la Crossover.
Se trata de aprender de lo que consiguió.
De entender que la gente responde cuando se la sorprende.
Que los nombres convocan.
Que los formatos diferentes funcionan.
Que el espectáculo también puede ser una herramienta.
Y eso, para quienes tenemos la obligación de mirar un poco más allá del resultado de un partido, debería ser motivo suficiente para empezar a pensar qué viene después.
Porque pasó la Crossover.
Ahora falta saber qué hará el básquet de Córdoba con lo que dejó.

